Razón y prudencia

Es bueno, para cualquier persona, hacer lo posible para que la mente vuelva a nutrirse en los libros que fundamentaron su formación. No es preciso para ello mucho tiempo, pero sí conviene que sea una práctica habitual; tanto mejor si se hace a diario. Es que con el paso del tiempo las cosas se nos olvidan o sufren deformaciones. Es mucha la presión que, desde muy diferentes ángulos, se hace sobre nuestro entendimiento. Presión que nos llega envuelta en oratoria incisiva o en escritos seductores y también en imágenes escogidas para el impacto que se trata de conseguir, que no es otro que el dominio sobre la voluntad de la gente. Volver a avivar los principios formativos, los de las raíces sanas y profundas, es una salvaguarda de la libertad personal, a la que toda persona tiene derecho y también obligación de defender.

Hace poco leí, en uno de esos libros, que la misión del hombre (del ser humano en general) es alcanzar la felicidad y que ésta está en hacer bien cada cosa, aunque cueste mucho sacrificio y renuncia de apetitos que se cruzan en ese camino. Entre los ejemplos que sacaba a relucir estaba el de los que se dedican a la política, señalando que deben gobernar bien la comunidad. Esto está hoy de primerísima actualidad ya que hay criterios opuestos en el sentir de la sociedad. ¿Es el bien de la sociedad lo que se trata de defender o tal vez es un criterio personal y hasta equivocado?. Para alcanzar el bien de la sociedad, la razón de quien gobierna ha de conocer con exactitud cual es ese bien, dejando paso inmediato a la prudencia, que señalará el modo mejor en que se debe actuar para conseguir el fin señalado.

Cuando no se sigue ese proceso se producen perturbaciones en la sociedad, tal como es el caso actual. Se señalan unos objetivos difusos y cuando se demanda mayor claridad y concisión no se logran las seguridades requeridas. No se sabe cuál es la meta que se pretende y tampoco los pasos a dar hasta lograrla. Se teme que, así, se cometan graves errores y mucha gente insiste en que sean atendidas sus observaciones, que pueden ser tan sensatas y adecuadas como las de otros grupos. Pretender no tomar en consideración la aportación de esas voces, estableciendo, incluso, barreras artificiales de mayorías parlamentarias, no es la mejor garantía de que el fin propuesto sea el del bien que toda la sociedad merece.

Razón y prudencia que han de ir siempre de la mano, en un proceso de mutua y serena aportación. De justa apreciación en cada caso, tanto para lo que haya de ser logrado cómo para la forma y el momento en que deban ser dados los pasos que sean necesarios hasta la consecución de ese fin.

Viene bien y hasta es necesario volver a repasar esos libros en cuyas páginas se encuentran los fundamentos de la formación moral del hombre. En ellos hay ideas claras que se ofrecen como la mejor agua que puedan apetecer quienes tienen sed de amor a la verdad y, en consecuencia, a la libertad.

Manuel de la Hera Pacheco.- 21.Marzo.2007